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Antonio Muñoz Molina, uno de los nombres más destacados de la letras contemporáneas españolas (ganador, entre otros, del Premio Príncipe de Asturias de las Letras y del Premio Jerusalénpolémica incluida– el año pasado), publicó a principios del año pasado el ensayo Todo lo que era sólido. El libro está compuesto por 104 breves textos a cuyo través el autor va trazando una suerte de crónica del desmoronamiento económico, político y social que lleva padeciendo España estos últimos años.

Todo lo que era sólido.

Muñoz Molina se lanza sobre los temas más candentes del pasado reciente español (laicismo y educación religiosa; oleada de Estatutos de Autonomía y consiguientes tensiones en el modelo territorial autonómico; memoria histórica) hilvanando un discurso más coherente en unos casos que en otros, sin ocultar sus posiciones personales y siempre desde la elegancia y el respeto de su fina prosa.

En su empeño de realizar una crítica constructiva sin que ello suponga, al tiempo, cerrar los ojos a la podredumbre ética que contamina diversos ámbitos de la realidad política (y no política) de España, el autor no puede evitar deslizarse, sobre todo en la parte final, a un buenismo y un voluntarismo no muy útiles más allá de las páginas en que con tanta belleza y maestría narradora plasma sus opiniones. A ello hay que sumar la naïveté cuasi-adolescente que desprenden tanto su enfoque de la lucha (creeríase modélica) de España contra el terrorismo de ETA (le recomendaríamos humildemente ciertos artículos del blog de Alberto Moyano) como su descripción de Amsterdam y del modelo holandés, que más que un país ciertamente avanzadísimo parece en estas líneas un paraíso social casi a la altura del comunista de los marxistas más incondicionales.

No obstante la mención de estos peros, es indudable que el marido de la también escritora Elvira Lindo posee unas cualidades narrativas que cautivan fácilmente al lector (y que lo llaman poderosamente a descubrir su obra novelística) incluso en un ensayo más o menos sobrio como es el presente. Esta maestría, unida a la esperanza contenida y a la visión cosmopolita y evocadora que destilan la mayoría de sus reflexiones, hacen de Todo lo que era sólido un recomendable libro para quien busque precisamente eso: una visión profundamente crítica del período burbuja y del posterior al crash desde una perspectiva general que huye de la desesperación y de la indeferencia, de la mano de la bella prosa de uno de los referentes intelectuales del progresismo español.

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